La curiosidad: el superpoder con el que nacemos

Muchos padres sonríen. Otros suspiran. Algunos, después del vigésimo «¿por qué?» del día, terminan respondiendo con un escueto «porque sí».
Sin embargo, lo que para un adulto puede parecer una sucesión interminable de preguntas es, para la neurociencia y la psicología del desarrollo, una de las manifestaciones más extraordinarias del cerebro humano.
Cada pregunta representa mucho más que una búsqueda de información. Es un cerebro construyéndose.
La curiosidad no es una cualidad reservada a algunos niños especialmente inquietos, ni un rasgo anecdótico del carácter infantil. Es un mecanismo biológico que favorece el aprendizaje, la adaptación y, en última instancia, la supervivencia de nuestra especie.
Sin curiosidad, probablemente seguiríamos viviendo en cuevas.
El cerebro nace preparado para explorar
Hace más de setenta años, Jean Piaget planteó algo revolucionario para la época: los niños no aprenden como pequeños adultos a los que simplemente se les transmite información. Son científicos en miniatura. Elaboran hipótesis, experimentan, se equivocan, corrigen sus ideas y vuelven a probar.
Décadas más tarde, la psicóloga del desarrollo Alison Gopnik, de la Universidad de California en Berkeley y autora de The Scientist in the Crib (El científico en la cuna), retomó esta idea: los niños aprenden de una forma sorprendentemente parecida a como trabajan los científicos.
Cuando un niño deja caer una cuchara una y otra vez desde la trona, no está necesariamente intentando desesperar a sus padres. A su manera, está experimentando.
¿Qué ocurre si la suelto? ¿Siempre cae? ¿Hace el mismo ruido? ¿El adulto la recoge todas las veces?
Lo mismo sucede cuando pregunta una y otra vez «¿por qué?». No está acumulando datos como quien llena la memoria de un ordenador; está construyendo un modelo del mundo que le permita comprender cómo funcionan las cosas.

¿Por qué preguntan tanto?
El psicólogo y economista conductual George Loewenstein formuló en los años noventa la llamada teoría de la brecha de información: la curiosidad puede aparecer cuando tomamos conciencia de la distancia entre lo que sabemos y lo que queremos saber. La pregunta se convierte entonces en una herramienta para intentar cerrar esa brecha.
Esto ayuda a comprender por qué los famosos «¿por qué?» adquieren especial protagonismo durante los primeros años, cuando el desarrollo del lenguaje y de otras capacidades cognitivas permite al niño ir más allá de observar lo que sucede y empezar a preguntarse por sus causas.
¿Pero cuánto preguntan realmente? No existe una cifra universal. Los estudios naturalistas de la psicóloga Michelle Chouinard muestran que, durante conversaciones con adultos, los niños pequeños pueden formular decenas de preguntas en una sola hora. La cantidad y el tipo de preguntas varían según la edad, el desarrollo del lenguaje, los conocimientos previos, el temperamento y el contexto familiar y cultural.
Y no todos expresan su curiosidad preguntando. Algunos niños exploran más observando, manipulando, probando o esperando antes de preguntar. Preguntar mucho es una expresión de curiosidad, pero no la única.
Cuando la curiosidad enciende el cerebro
¿Y qué sucede cuando algo consigue despertar realmente nuestro interés?
Durante años, la dopamina se popularizó como la «hormona del placer», una simplificación que resulta insuficiente. La dopamina participa en procesos relacionados con la motivación, el aprendizaje y la recompensa, así como en la anticipación y en la disposición a actuar ante aquello que nuestro cerebro considera relevante.
El neurocientífico Jaak Panksepp describió un sistema motivacional básico al que denominó SEEKING —búsqueda o exploración—, estrechamente relacionado con los circuitos dopaminérgicos. Esa energía que lleva a un niño a abrir un cajón, desmontar un juguete, perseguir un insecto o insistir con otro «¿por qué?» refleja una tendencia fundamental del cerebro: explorar, buscar y descubrir incluso antes de saber qué vamos a encontrar.
La investigación neurocientífica en adultos ha añadido otra pieza fascinante. Matthias Gruber y sus colaboradores observaron mediante resonancia magnética funcional que, cuando las personas sentían una elevada curiosidad por conocer una respuesta, aumentaba la actividad en circuitos relacionados con la recompensa y su interacción con el hipocampo, una estructura fundamental para la formación de nuevos recuerdos. Además, ese estado de curiosidad podía favorecer el recuerdo incluso de información incidental presentada mientras se esperaba la respuesta.
Dicho de otro modo: la curiosidad parece preparar al cerebro para aprender.
Esto ayuda a entender por qué podemos recordar mejor aquello que aprendemos cuando realmente despierta nuestro interés. El contenido importa, pero también importa el estado desde el que aprendemos.

Preguntar no es solo aprender: es aprender a pensar
Saber muchas cosas y saber pensar no son exactamente lo mismo.
Cuando un niño formula una pregunta necesita relacionar lo que ya sabe con aquello que todavía no comprende. Y si el adulto, en lugar de ofrecer inmediatamente la solución, le pregunta alguna vez «¿Tú qué crees?», aparece una oportunidad diferente: detenerse, organizar sus ideas, formular una hipótesis y aceptar que quizá esté equivocado.
La psicóloga Carol Dweck, de la Universidad de Stanford, ha dedicado décadas a estudiar cómo nuestras creencias acerca de la propia capacidad influyen en la manera de afrontar los retos. Su conocida distinción entre mentalidad fija y mentalidad de crecimiento resulta especialmente relevante durante la infancia. Si el niño entiende la inteligencia como algo que simplemente se tiene o no se tiene, equivocarse puede vivirse como una amenaza. Cuando aprende que las capacidades pueden desarrollarse mediante estrategias, práctica, esfuerzo y aprendizaje, el error deja de ser una sentencia sobre su capacidad y puede convertirse en información para seguir avanzando.
Si cada pregunta recibe inmediatamente una respuesta cerrada, el niño obtiene información. Cuando algunas veces le ofrecemos tiempo para pensar, imaginar, equivocarse y comprobar, favorecemos además la metacognición: la capacidad de reflexionar sobre el propio pensamiento, reconocer qué sabemos, qué desconocemos y qué podríamos hacer para averiguarlo.
Esto no significa responder siempre con otra pregunta: los niños también necesitan explicaciones. Se trata de no resolverlo todo antes de que hayan tenido la oportunidad de pensar.
Ante un «¿por qué son verdes las hojas?», podemos responder directamente que contienen clorofila. Pero también podemos empezar por «¿tú qué crees?» y dejar que aparezcan primero sus hipótesis. La información llegará igualmente; lo que cambia es el camino recorrido para llegar hasta ella.
Eso es lo extraordinario de la curiosidad: una buena pregunta rara vez termina exactamente donde empezó.

Escuchar la pregunta que hay detrás de la pregunta
No todas las preguntas infantiles son únicamente peticiones de información.
«¿Te vas a morir algún día?»
«¿Por qué tengo que ir al colegio?»
Podríamos ofrecer una respuesta objetivamente correcta a ambas y, aun así, no haber comprendido del todo qué necesitaba saber el niño.
La teoría de la mentalización, desarrollada especialmente por Peter Fonagy y Mary Target, nos invita a intentar comprender los estados mentales —pensamientos, emociones, deseos o temores— que pueden encontrarse detrás de la conducta y de las palabras. Aplicada a las preguntas infantiles, supone hacer una pequeña pausa: ¿está buscando un dato?, ¿intentando comprender una emoción?, ¿expresando un miedo?, ¿comprobando si puede hablar conmigo sobre algo que le preocupa?
Un «¿te vas a morir?» puede ser una pregunta sobre biología, pero también puede contener otra mucho más íntima: «¿podría perderte?».
Aquí aparece una dimensión de la curiosidad que no cabe en ninguna enciclopedia. Preguntar también puede ser una manera de acercarse al otro, compartir una inquietud y comprobar que aquello que nos interesa o nos preocupa puede tener un lugar en la conversación.
Por eso escuchar forma parte de responder. No se trata de analizar cada frase ni de buscar significados ocultos donde no los hay, sino de conservar algo que los adultos perdemos con facilidad: la curiosidad por la propia pregunta del niño.
A veces, antes de explicar nada, basta con decir:
«¿Qué te ha hecho pensar en eso?»
Y entonces puede aparecer la verdadera conversación.
«No lo sé»: una respuesta que también educa
Hay una frase que a muchos adultos todavía les cuesta pronunciar delante de un niño:
«No lo sé.»
Quizá porque hemos asociado durante demasiado tiempo el papel del adulto con tener respuestas. Sin embargo, reconocer que no sabemos algo puede convertirse en una extraordinaria oportunidad educativa.
Cuando decimos «no lo sé», mostramos que el conocimiento tiene límites. Y cuando añadimos «¿cómo podríamos averiguarlo?», transformamos ese límite en una posibilidad.
El niño descubre que desconocer algo no es vergonzoso, que podemos cambiar de opinión ante nueva información y que aprender continúa durante toda la vida. No saber todavía es muy diferente de pensar que uno no puede llegar a saber.
Buscar juntos añade otra experiencia: durante unos minutos dejamos de ocupar los lugares de «quien sabe» y «quien aprende» y nos convertimos en dos personas intentando comprender algo. Consultar un libro, observar, experimentar, preguntar a alguien que sepa más o buscar una fuente fiable enseña algo que ninguna respuesta inmediata puede ofrecer por sí sola: cómo se construye el conocimiento.
Internet responde, pero ¿conversa?
Nunca antes un niño había tenido tantas respuestas al alcance de la mano. Un buscador o una inteligencia artificial pueden explicar en segundos por qué las estrellas brillan, cuánto vivió un dinosaurio o cómo llega el agua hasta un grifo.
Eso constituye una oportunidad extraordinaria. El problema aparece cuando confundimos acceso a información con aprendizaje.
Una respuesta digital puede proporcionar datos, imágenes y explicaciones excelentes. Pero una conversación con otra persona incorpora dimensiones diferentes: permite observar qué ha entendido el niño, detectar su sorpresa, adaptar la explicación, relacionarla con una experiencia previa, formular nuevas preguntas y descubrir que la conversación está tomando una dirección que nadie había previsto.
Cuando un adulto dice «qué interesante, nunca me lo había preguntado» y se sienta junto al niño a averiguarlo, no solo está buscando información: está comunicando «lo que te interesa merece también mi atención». Aprender juntos puede fortalecer el vínculo porque convierte la curiosidad en una experiencia compartida.
La tecnología puede ser una magnífica herramienta dentro de ese proceso. La cuestión no es elegir entre una pantalla y una conversación, sino enseñar a los niños que encontrar una respuesta y comprenderla no siempre son la misma cosa.
¿Qué ocurre cuando dejamos de preguntar?
Los niños pequeños parecen acercarse al mundo suponiendo que casi todo merece una pregunta. Los adultos, en cambio, aprendemos progresivamente a movernos entre certezas, rutinas y explicaciones conocidas.
La curiosidad no desaparece inevitablemente con la edad, pero necesita condiciones que le permitan expresarse. El miedo a equivocarnos, la presión por acertar o la vergüenza de reconocer que desconocemos algo pueden hacer que preguntar resulte cada vez menos cómodo.
Y aquí aparece una paradoja educativa: queremos niños inteligentes, pero a veces premiamos más la respuesta correcta que la buena pregunta.
Alimentar la curiosidad no requiere convertir la casa en un laboratorio ni responder pacientemente a cada «¿por qué?» cuando estamos agotados. Significa proteger un clima en el que preguntar, dudar, equivocarse y cambiar de opinión sigan siendo posibles.
También implica permitir que nuestros hijos nos vean aprender: leer sobre algo que desconocemos, probar, investigar, sorprendernos o cambiar de opinión ante nueva información.
La curiosidad también se aprende observando a personas curiosas.

Una mirada final
Con los años nuestros hijos dejarán de preguntarnos tantas cosas. Encontrarán respuestas en libros, profesores, amigos, experiencias y tecnologías que quizá todavía ni imaginamos.
Nuestra tarea nunca fue tener todas las respuestas.
Quizá sea algo mucho más importante: ayudarles a conservar las ganas de seguir buscándolas.
EN CASA | 10 frases que ayudan más que responder inmediatamente
1. «¿Tú qué crees?» Le invita a recuperar lo que ya sabe y formular una primera hipótesis.
2. «¿Qué te hace pensar eso?» Ayuda a pasar de una intuición a un razonamiento y a explicar cómo ha llegado a una conclusión.
3. «¿Qué te ha hecho preguntarte eso?» Permite descubrir de dónde nace la pregunta y, a veces, qué emoción o experiencia hay detrás.
4. «No lo sé. ¿Lo averiguamos juntos?» Normaliza no tener todas las respuestas y convierte la incertidumbre en exploración compartida.
5. «¿Cómo podríamos comprobarlo?» Introduce de forma natural el pensamiento científico: observar, buscar evidencias, experimentar y contrastar.
6. «¿Qué crees que pasaría si…?» Estimula la imaginación, la anticipación y el pensamiento divergente.
7. «Cuéntame más.» Transmite que su pensamiento merece tiempo y evita precipitarnos hacia una respuesta antes de comprender su pregunta.
8. «Yo pensaba algo diferente. ¿Lo averiguamos?» Enseña que dos ideas pueden compararse sin convertir el desacuerdo en una lucha por tener razón.
9. «Qué interesante, nunca me lo había preguntado.» El adulto deja de ser quien lo sabe todo y modela sorpresa, humildad y curiosidad.
10. «¿Qué nueva pregunta te ha surgido ahora?» Recuerda algo esencial: aprender no siempre termina con una respuesta. Muchas veces, una buena respuesta abre la puerta a la siguiente pregunta.

Lic. Phil. Isabel Cabrera
Psicóloga Psicoterapeuta infanto-juvenil (CV17319)
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