Esa escena no es casualidad. Es fruto de muchas pequeñas decisiones que hemos ido tomando durante años. En casa nunca ha habido televisión, lo que ha ayudado a evitar horas muertas delante de la pantalla. Pero sí tenemos un proyector, y cuando quieren ver una película o dibujos, pueden hacerlo… los fines de semana. Generalmente, aprovechamos para que sea una actividad en familia (a todos nos gusta mucho el cine) y en alguna plataforma en la que podamos evitar estar expuestos a anuncios. Lo mismo con la tecnología: nunca hemos tenido consolas, ni juegos en la tablet. Pero tampoco la hemos prohibido. Siempre ha estado ahí, como una herramienta. Y cuando se ha usado, ha sido con una intención clara.
Durante años les hemos leído cuentos por la noche, intentado que leyeran un poco cada día. Y aunque al pequeño le costó más, algo cambió cuando descubrió Harry Potter. Desde entonces, ha leído cinco libros en menos de cinco meses. Leer ya no es una obligación. Es un placer.
El mayor lleva dos años con una profesora de guitarra maravillosa. No ha sido fácil: al principio le costaba, se planteó en varias ocasiones tirar la toalla. Pero ahora, después de haber asentado la base, empieza a ‘tocar’ canciones reales. Está emocionadísimo. Y en este camino la tecnología ha sido una herramienta más. Ahora tiene una app que le permite elegir canciones, ver los acordes, y si no recuerda bien alguno, puede pincharlo y ver cómo se colocan los dedos. ¡A su edad hubiera cambiado todos mis juguetes favoritos por una aplicación similar cuando mis tíos me regalaron una guitarra!
Pero no siempre ha sido todo así de maravilloso y seguro que tendremos muchos desafíos por delante. De hecho, tuvimos un punto de inflexión hace tres años, cuando nos llamaron del colegio para comentarnos algo que no esperábamos. Nos dijeron que en las tareas que requerían ordenador o un dispositivo digital, nuestro hijo mayor —que suele sacar muy buenas notas — tenía un rendimiento muy por debajo de lo habitual. No porque no supiera el contenido, sino porque tardaba mucho más en manejarse con la tecnología que el resto de sus compañeros. En ese momento entendimos que mantenerles alejados de las pantallas, aunque con buena intención, podía acabar perjudicándoles.
A partir de ahí, empezamos a introducir la tecnología con sentido: PowerPoint para trabajos, Word para escribir historias, Kumon Connect para los programas de Kumon, vídeos para hacer manualidades o aprender nuevas técnicas de baloncesto, que le encanta. Siempre con acompañamiento. Siempre con supervisión. Algo fundamental: nunca ha habido juegos instalados. Es verdad que nunca nos lo han pedido, igual que nunca nos suelen pedir que les compremos chuches, pero no porque en casa estén prohibidas, sino porque, tras hablarlo con ellos, han comprendido que no son buenas para nuestra salud. Y fundamental: no las toman ellos, pero tampoco nosotros. Lo mismo ocurre con la tecnología, el uso que les proponemos a ellos es el mismo que intentamos hacer nosotros. Para nosotros es muy importante generar un clima de confianza en el que se pueda hablar de cualquier cosa sin miedo.
Hoy, ese niño tiene una relación sana con la tecnología. No chatea ni juega online, pero sabe buscar información, crear presentaciones, escribir, tocar música y aprender con la ayuda de una tablet. El pequeño, siguiendo su estela, ha decidido escribir un libro. Tiene un Word en el ordenador familiar, donde va escribiendo su historia.
Y sí, la mayor parte del tiempo libre lo siguen dedicando al baloncesto, que es lo que más les gusta. Pero cuando se cansan, exploran otros intereses. Y muchas veces lo hacen gracias a una pantalla. Bien usada.
Por eso, cuando leo noticias sobre la intención de prohibir el uso individual de dispositivos en las aulas, me da que pensar. Entiendo la preocupación, ya que es evidente que hay muchos aspectos en este terreno que debemos mejorar como sociedad, y porque la experiencia me ha enseñado que el problema no es la tecnología, sino el uso que se le da.
En Kumon, por ejemplo, trabajamos con Kumon Connect, una tablet con lápiz digital que reproduce la experiencia del papel. El material es el mismo que antes, pero ahora podemos saber cuánto tiempo tarda el alumno en cada hoja, ver cómo resuelve cada operación, hacer ajustes individualizados en su programación diaria, calificar su trabajo por expertos. La tecnología, en este caso, mejora el proceso educativo. Nos permite observar, acompañar, adaptar.
Se trata de una aplicación que reproduce el aprendizaje analógico, con todos los beneficios de una plataforma digital: el alumno escribe a mano, no tiene anuncios ni sistemas de recompensa o juegos que generen adicción. Nuestro objetivo es el mismo que hace 60 años. Consideramos imprescindible seguir desarrollando la capacidad de concentración, el hábito de estudio, la capacidad académica, la motivación intrínseca…
Educar en el uso responsable de la tecnología es, hoy, tan importante como enseñar a leer o a multiplicar. Prohibir es más fácil, pero educar es más valiente. Y mucho más necesario en el mundo en el que vivimos.
Autor:
Francisco Javier Lanzat Rodríguez
Director | Branch Manager Kumon
Franciscojavier.lanzat@kumon.org
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